domingo, 2 de octubre de 2011

Mes del Rosario 2011

Octubre es el mes del Rosario, es por esto que publicaremos el discurso del beato Papa Juan Pablo II en su peregrinación al Santuario Mariano de Pompeya, con ocasión del cierre del Año del Rosario (Oct. 2002 - Oct. 2003).

Amadísimos hermanos y hermanas: 
(...) ¿qué es el rosario? Un compendio del Evangelio. Nos hace volver continuamente a las principales escenas de la vida de Cristo, como para hacernos "respirar" su misterio. El rosario es un camino privilegiado de contemplación. Es, por decirlo así, el camino de María. ¿Quién conoce y ama a Cristo más que ella?

Estaba convencido de ello el beato Bartolomé Longo, apóstol del rosario, que prestó especial atención precisamente al carácter contemplativo y cristológico del rosario. Gracias a este beato, Pompeya se ha convertido en un centro internacional de espiritualidad del rosario.

He querido que esta peregrinación mía tuviera el sentido de una súplica por la paz. Hemos meditado los misterios de la luz, como para proyectar la luz de Cristo sobre los conflictos, las tensiones y los dramas de los cinco continentes. En la carta apostólica Rosarium Virginis Mariae expliqué por qué el rosario es una oración orientada por su misma naturaleza a la paz. No sólo lo es porque nos hace invocarla, apoyándonos en la intercesión de María, sino también porque nos hace asimilar, con el misterio de Jesús, también su proyecto de paz.

Al mismo tiempo, con el ritmo tranquilo de la repetición del avemaría, el rosario pacifica nuestro corazón y lo abre a la gracia que salva. El beato Bartolomé Longo tuvo una intuición profética cuando, al templo dedicado a la Virgen del Rosario quiso añadir esta fachada como monumento a la paz. Así, la causa de la paz entraba en la propuesta misma del rosario. Es una intuición cuya actualidad podemos captar al inicio de este milenio, ya azotado por vientos de guerra y regado con sangre en tantas regiones del mundo.

La invitación a rezar el rosario que se eleva desde Pompeya, encrucijada de personas de todas las culturas atraídas tanto por el santuario como por la zona arqueológica, evoca también el compromiso de los cristianos, en colaboración con todos los hombres de buena voluntad, de ser constructores y testigos de paz. Ojalá que acoja cada vez más este mensaje la sociedad civil, aquí representada por autoridades y personalidades, a las que saludo cordialmente.

Ojalá que esté cada vez más a la altura de este desafío la comunidad eclesial de Pompeya, a la que saludo en sus diversos componentes:  los sacerdotes y los diáconos, las personas consagradas, en particular las Dominicas Hijas del Santo Rosario, fundadas precisamente para la misión de este santuario, y los laicos, (...) devotos de la Reina del Rosario de Pompeya. Sed "constructores de paz", siguiendo los pasos del beato Bartolomé Longo, que supo unir la oración con la acción, haciendo de esta ciudad mariana una ciudadela de la caridad. (...)

Amadísimos hermanos y hermanas, que la Virgen del Santo Rosario nos bendiga, mientras nos disponemos a invocarla con la súplica. En su corazón de Madre depositemos nuestras preocupaciones y nuestros propósitos de bien.
S.G.D.

Beato Juan Pablo II,
Peregrinación al Santuario Mariano de Pompeya.
7 de Octubre de 2003.
Fuente: www.vatican.va

lunes, 26 de septiembre de 2011

reflexion de los siete dolores IV.

Dolor ante el descendimiento de la cruz y la sepultura de Jesús.

Otra escena conmovedora. Jesús muerto en los brazos de su Madre que lloraba su muerte. No cabe duda, aunque cueste creerlo. Está muerto. Él, que era el Hijo del Altísimo. Él, que era el Salvador de Israel. Él, cuyo reino no tendría fin. Él, que era la Vida. Él está muerto.

Dura prueba para la fe de María. Su Hijo, el destinatario de todas esas promesas, yace ahora cadáver en su regazo. En el alma de María se irguió una oscura borrasca que amenazaba apagar la llama de su fe aún palpitante. Pero su fe no se extinguió. Siguió encendida y luminosa.

¡Qué fuerte es María! Es la única que ha sostenido en sus brazos todo el peso de un Dios vivo y todo el peso de un Dios muerto (que era su Hijo). Hemos de pedirle a Ella que aumenta nuestra fe. Que la proteja para que no sucumba ante las tempestades que nos asaltan en la vida amenazando aniquilarla.

El dolor de una nueva soledad.

¡Qué días también aquellos antes de la resurrección! Su Hijo entonces no estaba perdido. Estaba muerto ¡Qué soledad tan diversa de aquella, tras la despedida de Nazaret, hacía tres años! Es la soledad tremenda que deja la muerte del último ser querido que quedada a nuestro lado.

Así la describía Lope de Vega con gran realismo: “Sin esposo, porque estaba José / de la muerte preso; / sin Padre, porque se esconde; / sin Hijo, porque está muerto; / sin luz, porque llora el sol; / sin voz, porque muere el Verbo; / sin alma, ausente la suya; / sin cuerpo, enterrado el cuerpo; / sin tierra, que todo es sangre; / sin aire, que todo es fuego; / sin fuego, que todo es agua; / sin agua, que todo es hielo...”

Pero ni la fe, ni la confianza, ni el amor de María se vinieron abajo ante esa nueva manifestación incomprensible de la voluntad de Dios. Creyendo, confiando y amando Ella supo esperar la mayor alegría de su vida: recuperar a su Jesús para siempre tras la resurrección.

Aprendamos de María a llenar el vacío de la soledad que nos invade tras la muerte de nuestros seres queridos. Llenarlo con lo único que puede llenarlo: el amor, la fe y la esperanza de la vida futura.
S.G.D.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Reflexion de los siete dolores III

El dolor del vía crucis y la pasión junto a su Hijo.

La tradición del viacrucis recoge una escena sobrecogedora: Jesús camino del calvario, con la cruz a cuestas, se encuentra con su Madre. ¡Qué momento tan extraordinariamente duro para una madre! ¿Lo habremos meditado y contemplado lo suficiente?


¡Que fortaleza interior la de María! ¡Qué temple el de su delicada alma de mujer fuerte! ¡Qué locura de amor la suya! Sabía de lo duro que sería seguir de cerca a su Jesús camino del calvario (eso hubiera quebrado el ánimo a muchas madres). Pero decide hacerlo. Y lo hace. Su amor era más fuerte que el miedo al dolor atroz que le producía presenciar la suerte ignominiosa de Jesús. Ella tenía conciencia de que había llegado el momento en el que la espada de dolor se hendiría despiadada en su corazón. Era contemplar la pasión y muerte de su propio Hijo. No se esconde para no verlo. Ahí estaba. Muy cerca y en pie.

Contemplemos por un instante ese encuentro entre Hijo y Madre. Ese cruzarse silencioso de miradas. Ese vaivén intensísimo de dolor y amor mutuo. Qué insondables sentimientos inundarían esos dos corazones igualmente insondables. Ambos salieron confirmados en el querer de Dios con una confianza en Él tan infinita y profunda como su mismo dolor.

Nuestra vida a veces también es un duro viacrucis. No suframos sin sentido, con mera resignación. Busquemos, por la cuesta de nuestro calvario, esa mirada amorosa y confortante de María, nuestra Madre. Ahí estará Ella siempre que queramos encontrarla. Ahí estará acompañándonos y dispuesta a consolarnos y a compartir nuestros padecimientos. Mirémosla. “La suave Madre -afirma Luis M. Grignion de Montfort- nos consuela, transforma nuestra tristeza en alegría y nos fortalece para llevar cruces aún más pesadas y amargas”.

María en la pasión y junto a la cruz de su Hijo se sintió crucificar con Él. Así describe Atilano Alaiz los sentimientos de la Madre ante el Hijo: “Los latigazos que se abatían chasqueando sobre el cuerpo del Hijo flagelado, flagelaban en el mismo instante el alma de la Madre; los clavos que penetraban cruelmente en los pies y en las manos del Hijo, atravesaban al mismo tiempo el corazón de la Madre; las espinas de la corona que se enterraban en las sienes del Hijo, se clavaban también agudamente en las entrañas de la Madre. Los salivazos, los sarcasmos, el vinagre y la hiel atormentaban simultáneamente al Hijo y a la Madre”.

El dolor de la muerte de su Hijo.
Terrible episodio. Una madre que ve morir a su Hijo. Que lo ve morir de esa manera. Que lo ve morir en esas circunstancias...

Nunca podremos ni remotamente sospechar lo que significó de dolor para su corazón de Madre el contemplar, en silencio, la pasión y muerte de su Hijo. Ella, su Madre. Ella, que sabía perfectamente quién era Él. Ella que humanamente habría querido anunciar a voz en grito la nefanda tragedia de aquel gesto deicida, en un intento de arrancar a su Hijo de la manos de sus verdugos. Ella, que en último término habría preferido suplantar a su Jesús... Ella tuvo que callar, y sufrir, y obedecer. Esa era la voluntad de Dios. Y con el corazón sangrante y desgarrado, de pie ante la cruz, María repitió una vez más, sin palabras, en la más pura de las obediencias, “hágase tu voluntad”.

¡Hasta dónde tuvo que llegar María en su amor de Madre! ¿De verdad no habrá amor más grande que el de dar la propia vida? Alguien se ha atrevido a decir que sí; que sí hay un amor más grande. Casi como corrigiendo al mismo Cristo, alguien ha osado afirmar que sí lo hay y ha escrito esto:

“... porque el padecer, el morir, no son la cumbre del amor, porque no son el colmo del sacrificio. El colmo del sacrificio está en ver morir a los seres amados. La más alta cumbre del amor, cuando, por ejemplo, se trata de una madre, no está en dar la propia vida a Jesucristo, sino en darle la vida del hijo. Lo que una mujer, una madre debe padecer en un caso semejante, jamás lengua humana podrá decirlo; compréndese únicamente que, para recompensar sacrificios tales, no será demasiado darles una dicha eterna, con sus hijos en sus brazos” (Mons. Bougaud).

Son una y la misma la cumbre del amor y la cumbre del dolor. Y en lo alto de esa cumbre, el ejemplo de nuestra Madre brilla ahora más luminoso aún. ¡Qué pequeños somos a su lado! ¿Qué son nuestras ridículas cruces frente a ese colmo de su sacrificio? ¡Qué raquítico es tantas veces nuestro amor ante esa cima de su amor! ¡Quién supiera amar así!
S.G.D.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Reflexión de los Siete Dolores II

El dolor de haber perdido al Niño.

¡Cómo sufre una madre cuando se le ha perdido su niño! Sufre angustiada por la incertidumbre. ¿Dónde estará? ¿cómo estará? ¿le habrá pasado algo? ¿estará en peligro? ¿le habrá atropellado un coche? ¿lo habrán raptado? ¿estará llorado desconsolado porque no nos encuentra? Todo eso pasaría por la mente de María. Y más cosas aún: ¿y si lo ha atrapado algún pariente de Herodes que lo buscaba para matarlo? Así son las madres y su amor por sus hijos...

Pues imaginemos a María. La más sensible de la madres, la más responsable, la más cuidadosa... Y resulta que no encuentra a su Hijo. Es motivo más que suficiente para angustiarla terriblemente. Aparte de que no era un hijo cualquiera. A María se le ha extraviado el Mesías. Se le ha perdido Dios... ¡Qué apuro el de María!

¡Qué tres días de angustiosa incertidumbre, de verdadera congoja! ¿Habrá dormido María esos días? Seguro que no. Desde luego que no durmió. ¿Cómo va a dormir una madre que tiene perdido a su hijo? Pero sí rezó y mucho. Sí confió en Dios. Sí ofreció su sufrimiento con amor porque era Dios el que permitía esa situación.

No termina todo aquí. A todo esto siguió otro dolor, y quizá aún mayor que el anterior. La incompresible e inesperada respuesta de Jesús: “¿porqué me buscabais...?” ¡Qué efecto habrán causado esas palabras en el corazón de su Madre, María...!

Tratemos de meternos en el corazón de una madre o de un padre en esas circunstancias. Llevan tres días y tres noches buscando angustiados a su Hijo. Temiéndose lo peor. Y de repente, lo encuentran tan contento, sentadito en medio de la flor y nata intelectual de Jerusalén, dándoles unas lecciones de catecismo y de Sagrada Escritura... Y además, les responde de esa manera...

Es verdad, por una parte, sentirían un gran alivio: “¡ahí está! ¡está bien! ¡por fin lo hemos encontrado!” Pero, acto seguido, cuenta el evangelio, María tuvo la reacción normal de una madre: “Hijo, mío. ¿Por qué nos has hecho esto?” (se merecía una regañina, aunque fuera leve).Y por otra parte, asegura el evangelista que “ellos no comprendieron la respuesta que les dio”. El dolor de esa incomprensión calaría hondo en el alma de sus padres.

Y María, en vez de enfadarse con el crío (con perdón y todo respeto), no dijo nada. Lo sufrió todo en su corazón y lo llevó todo a la oración. Quién sabe si en la intimidad de su alma ya comenzaría a comprender que Cristo no iba a poder estar siempre con Ella. Que su misión requeriría un día la inevitable separación...

A veces en nuestra vida puede sucedernos algo parecido. De repente Cristo se nos esconde. “Desaparece”. Y entonces puede invadirnos la angustia y el desasosiego. Sí, a veces Dios nos prueba. Se nos pierde de vista. ¿Qué hacer entonces? Lo mismo que María. Buscarlo sin descanso. Sufrir con paciencia y confianza. Orar. Actuar nuestra fe y amor. Esperar la hora de Dios. Él no falla, volverá a aparecer.

Otras veces el problema es que nosotros olvidamos con quién deberíamos ir. Dejamos de lado a Cristo. Nos escondemos de El. Nos sorprendemos buscándonos sólo a nosotros mismos y nuestras cosillas. Y, claro, nos perdemos. Incluso nos atrevemos a echárselo en cara a Cristo, teniendo nosotros la culpa. Aquí la solución es otra. Hay que salir de sí mismo. Volver a buscar a Cristo. Volver a mirarlo y ponerse a amarlo de nuevo.


El dolor de la separación y la primera soledad.

Llegó el día. Después de pasar treinta años juntos. Treinta años de experiencias inolvidables, vividos en ese ambiente tan increíblemente divino y a la vez tan increíblemente humano de Nazaret. Treinta años de silencio, trabajo, oración, alegría, entrega mutua, amor. Treinta años de familia unida y maravillosa.

¡Qué momento aquel! ¡Lástima de video para volver a verlo enterito ahora...! Fue temprano. Muy de mañana. En el pueblo, dormido aún, nadie se enteró de lo que estaba ocurriendo. Pocas palabras. Abundantes e intensos sentimientos. “Adiós, Hijo. Adiós, madre...”

Todos hemos intuido lo que pasa por el corazón de una madre en una despedida así. Lo hemos visto quizá en los ojos de nuestra madre en alguna ocasión...

María volvió a casa con el corazón oprimiéndosele un poco a cada paso. Y al entrar, fue la primera vez que sintió que la casa estaba sola. Experimentó esa terrible sensación de saber que ya no se oirían en la casa otros pasos que suyos; que ningún objeto cambiaría de sitio, a menos que Ella misma lo moviese.

La soledad es una de las penas más profundas de los seres humanos, pues hemos nacido para vivir en compañía de los demás. ¡Qué dura fue la soledad de María, después de estar con quien estuvo y por tanto tiempo! Sí, la soledad de la Virgen comenzó mucho antes del Viernes Santo y duró mucho más...

María también supo vivir ese sufrimiento de la separación y de la soledad con amor, con fe, con serenidad interior. Adhiriéndose obediente a la voluntad de Dios. Ofreciéndolo por ese Hijo suyo que comenzaba su vida pública y que tanto iba a necesitar del sostén de sus oraciones y sacrificios.

Necesitamos, como María, ser fuertes en la soledad y en las despedidas. Fuertes por el amor que hace llevadero todo sacrificio y renuncia. Fuertes por la fe y la confianza en Dios. Fuertes por la oración y el ofrecimiento.
S.G.D.

domingo, 11 de septiembre de 2011

reflexión de los siete Dolores

Se publicarán reflexiones sobre los siete dolores de María para terminar el día Jueves con su solemnidad.

1° Dolor: La profesía de Simeón.
El anciano profeta no le predijo grandes alegrías y consuelos a nivel humano. Al contrario: “este niño será puesto como signo de contradicción, -le aseguró-. Y a ti una espada de dolor te atravesará el alma”.
María, a esas alturas, sabía de sobra que todo lo que se le dijese con relación a su Hijo iba muy en serio. Ya bastantes signos había tenido que admirar y no pocos acontecimientos asombrosos se habían verificado, como para tomarse a la ligera las palabras inspiradas del sabio Simeón.

Seguramente María tuvo esa sensación que nos asalta cuando se nos pronostica algo que nos va a costar horrores. Como cuando nos anuncian un sufrimiento, un dolor, una enfermedad terrible, o la muerte cercana... Algo similar debió sentir María ante semejantes presagios.

Pero en su corazón no acampó la desconfianza, el desasosiego, la desesperación. En lo profundo de su alma seguía reinando la paz y la confianza en Dios. Y en su interior volvería a resonar con fuerza y seguridad el fiat aquel lleno de amor de la anunciación.

Para nosotros Cristo mismo predijo no pocos males, dolores y sufrimientos. Cristo nos pidió como condición de su seguimiento el negarse a uno mismo y el tomar la propia cruz cada día. Nos prometió persecuciones por causa suya. Nos aseguró que seríamos objeto de todo género de mal por ser sus discípulos; que nos llevarían ante los tribunales; que nos insultarían y despreciarían; que nos darían muerte. ¡Qué importante es, ante estas exigencias, recordar el ejemplo de nuestra Madre! El verdadero cristiano, el buen hijo de María, no se amedrenta ni se echa atrás ante la cruz. Demuestra su amor acogiendo la voluntad de Dios con decisión y entereza, con amor.


2° Dolor: La matanza de los inocentes.
María debió sufrir mucho al enterarse de la barbarie perpetrada por el rey Herodes. La matanza de los inocentes. ¿Qué corazón con un mínimo de sensibilidad no sufriría ante esa monstruosidad? Ella también era madre. Y ¡qué Madre! ¡con qué corazón! ¡con qué sensibilidad! ¿Cómo no le iba a doler a María el asesinato de esos niños indefensos? Además, seguramente, María conocía a muchos de esos pequeñines. Conocía a sus madres... Sí, es muy diverso cuando te dicen que murieron X personas en un atentado en Medio Oriente, a cuando te comunican que han matado a uno o varios amigos y conocidos tuyos... Entonces la cosa cambia.

A lo mejor hasta María se sintió un poco culpable por lo ocurrido. Y eso agudizaría su dolor. Quizá comprendió que aún no había llegado el momento de ofrecer a su Jesús en rescate por aquellos pequeñines (Dios no lo dispuso así). Quizá también en la mente de María surgió la eterna pregunta: ¿por qué el mal, el sufrimiento, la muerte de los inocentes? Sabemos que en este caso la respuesta podría ser otra pregunta: ¿porqué la prepotencia, maldad y crueldad demoniaca de Herodes...?

Ciertamente rezaría por ellos y, sobre todo por sus inconsolables madres. Se unió a su sufrimiento, que no le era ajeno (eran quizá los primeros mártires de Cristo), e hizo así fecundo su propio padecer.

También nuestro corazón cristiano ha de mostrarse sensible al sufrimiento ajeno. Compadecerse. Socorrer. O al menos, consolar. Como alguien dijo -y con razón- “si podéis curar, curad; si no podéis curar, calmad; si no podéis calmar, consolad”. Siempre estaremos en grado de ofrecer un poco de consuelo y también de rezar por los que sufren.
S.G.D.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Virgen de los Dolores

(...) La memoria de la Virgen de los Dolores, representa a la Virgen María al pie de la cruz, según la descripción del evangelista san Juan, el único de los Apóstoles que permaneció junto a Jesús moribundo. Pero ¿qué sentido tiene exaltar la cruz? ¿Acaso no es escandaloso venerar un patíbulo infamante? Dice el apóstol san Pablo: "Nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles" (1 Co 1, 23). Pero los cristianos no exaltan una cruz cualquiera, sino la cruz que Jesús santificó con su sacrificio, fruto y testimonio de inmenso amor. Cristo en la cruz derramó toda su sangre para librar a la humanidad de la esclavitud del pecado y de la muerte. Por tanto, de signo de maldición la cruz se ha transformado en signo de bendición, de símbolo de muerte en símbolo por excelencia del Amor que vence el odio y la violencia y engendra la vida inmortal. "O Crux, ave spes unica!", "¡Oh cruz, única esperanza!". Así canta la liturgia.

Narra el evangelista: junto a la cruz estaba María (cf. Jn 19, 25-27). Su dolor forma un todo con el de su Hijo. Es un dolor lleno de fe y de amor. La Virgen en el Calvario participa en la fuerza salvífica del dolor de Cristo, uniendo su "fiat", su "sí", al de su Hijo.

Queridos hermanos y hermanas, unidos espiritualmente a la Virgen de los Dolores, renovemos también nosotros nuestro "sí" al Dios que eligió el camino de la cruz para salvarnos. Se trata de un gran misterio que aún se está realizando, hasta el fin del mundo, y que requiere también nuestra colaboración. Que María nos ayude a tomar cada día nuestra cruz y a seguir fielmente a Jesús por el camino de la obediencia, del sacrificio y del amor.


Benedicto XVI, Ángelus; 17 de Septiembre de 2006.
S.G.D.

martes, 6 de septiembre de 2011

Los Siete Dolores de la Virgen María.


A santa Brígida, patrona de Suecia, le fue revelada la promesa de la Virgen de conceder siete gracias a las personas que la honren y acompañen diariamente, rezando siete Avemarías, meditando en sus lágrimas y dolores.
En una de sus numerosas revelaciones, la número XIV del tomo segundo, de sus obra de ocho tomos “Revelaciones”, la Virgen le comunicó su deseo de esta forma “Miro ahora a todos los que viven en el mundo por ver si hay quien se compadezca de mi medite mi dolor, mas hallo poquísimos que piensen en mi tribulación y padecimientos. Y así tú hija, no me olvides, aunque soy olvidada y menospreciada de muchos, mira mi dolor e imítame en lo que pudiere. Considera mis angustias y lágrimas, y duélete de que sean pocos los amigos de Dios”.
S.G.D.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Solemnidad de todos los Santos


Aconseja Kempis que no discutamos sobre cuál es el mayor de los Santos. Ya dijo Jesús que Juan Bautista era el mayor entre los nacidos de mujer -por su tarea, por su misión- pero, aun así, añadió que el más pequeño en el reino de los cielos es, puede ser, mayor que Juan. Pues será más santo el que tenga más amor, el que se deje poseer más por Dios. Y eso sólo Dios lo sabe.

El Apocalipsis nos dice que son innumerables los santos, los marcados con el sello de Dios en sus frentes: doce mil de cada una de las doce tribus de Israel. Estas doce tribus representan a la Iglesia, a todo el pueblo de Dios. Y en cuanto a los números, el doce se interpreta como plenitud, y el mil como solidez. El mismo autor sagrado dice que se trataba de una muchedumbre ingente de toda nación, pueblos y tribus.

Efectivamente. Son incontables los santos y santas canonizados, que han merecido el honor de los altares. Pero los santos canonizados no son más que una mínima parte de los siervos y siervas de Dios, que con la ayuda de la gracia divina supieron ser fieles y practicaron la virtud en grado heroico.

Es la confirmación de la vocación universal a la santidad de que nos habla Jesús mismo cuando dice: “Sed perfectos como perfecto es vuestro Padre celestial. (Mateo 5:48)

Pero ¿qué hacer con los santos anónimos, que no han recibido el reconocimiento oficial de la Iglesia? La Iglesia no los olvida. Este es el sentido de la fiesta de hoy: celebrar solemnemente a todos los santos que no figuran en el calendario. Ellos están ante Dios y ruegan por nosotros. En el cementerio de Arlington, de Washington, junto a la tumba del presidente Kennedy, hay un monumento al Soldado Desconocido, con esta hermosa coletilla: desconocido, "but not to God", pero no para Dios.

Era una costumbre ya de los paganos. Los griegos y romanos tenían dioses para todas las actividades y profesiones. No querían que ningún dios se quedara sin templo. Así, Agripa, veintisiete años antes de Cristo, construyó en Roma el Panteón, dedicado a Augusto y a todas las deidades romanas. El Panteón lo bautizó luego el Papa Bonifacio IV con el nombre de Santa María y de todos los mártires. Más tarde, en el siglo IX, el Papa Gregorio IV mandó que se celebrara en toda la Iglesia la fiesta de Todos los Santos, para que ninguno quedase sin la debida veneración.

Una vez un catequista preguntó a un niño qué era un santo. El niño, antes, estando un día en la iglesia, preguntó a su mamá qué eran aquellas figuras que veía en las vidrieras de la iglesia y que brillaban tanto cuando salía el sol. Su mamá le había dicho que eran santos. Y ahora el niño contestó al catequista con rapidez y precisión: Un santo es un hombre por donde pasa la luz. Preciosa definición.

Eso son los santos: seres transparentes, espejos de la luz de Dios, que se purifican constantemente para captarla mejor y reflejarla más perfectamente. Esos son los santos: los grandes amigos de Dios.

San Bernardo nos enseña cómo celebrar la fiesta de Todos los Santos: «la veneración de su memoria redunda en provecho nuestro, no suyo. En cuanto a mí, confieso que, al pensar en ellos, se enciende en mí un fuerte deseo».
fuente: http://magnificat.ca

jueves, 16 de septiembre de 2010

Solemnidad de Nuestra Señora de los Dolores.


El día Miércoles 15 de Septiembre se celebró la fiesta parroquial en honor a Nuestra Señora de los Dolores.

La Misa fue presedida por Mons. Mario Bernales y Co-celebrada por el Pbro. Jorge Ramirez. En el coro estuvieron presentes dos consagradas de la congregación "Mater Dei".

La Misa contó con una gran asistencia de fieles que participaron animosamente de la celebración litúrgica.

En su homilía Mons. Mario Bernales recalcó el ejemplo que nos da María al pie de la cruz y de la presencia de Jesucrsito en la cruz y la importancia de acudir a Él en los momentos difíciles. También encomendó a las oraciónes de María Santísima los pasos de la Iglesia peregrina en la Tierra.

Al final de la celebración, se veneró una pequeña reliquia de la Santa Cruz y se le presentaron arreglos florales a Nuestra Madre Dolorosa. Para terminar se leyeron los siete dolores de María.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Santo nombre de MARÍA.


Este Domingo 12 de Septiembre, celebramos la fiesta del Santo nombre de María.

Pero ¿De dónde nace esta celebración?. A continuación les dejamos una pequeña reseña que lo explica.

Según costumbre de los judíos, ocho días después del nacimiento de la Virgen, sus padres le impusieron el nombre de María. La liturgia, que ha fijado algunos días después de Navidad la fiesta del santo nombre de Jesús, ha querido instituir también la fiesta del santo nombre de María poco después de su Natividad. Celebrada primero en España, esta fiesta fué extendida a toda la Iglesia por el papa Inocencio XI, en 1683, para agradecer a María la victoria que acababa de ganar Juan Sobieski, rey de Polonia, contra los turcos, que asediaban a Viena y amenazaban a Occidente.

El nombre hebreo de María, en latín Domina, significa Señora o Soberana; y eso es ella en realidad por la autoridad misma de su Hijo, soberano Señor de todo el universo. Gocémonos en llamar a María Nuestra Señora, commo llamamos a Jesús Nuestro Señor; pronunciar su nombre es afirmar su poder, implorar su ayuda y ponernos bajo su maternal protección.

domingo, 29 de agosto de 2010

San Agustin de Hipona, Doctor de la Iglesia.


El pasado Sábado 28 de Agosto se celebró la solemnidad de San agustín, les dejamos una pequeña biografía de este importante personaje de la Iglesia Universal

Nació el 13 de noviembre del 354 en Tagaste, al norte de Africa. El padre de Agustín. Patricio, era un pagano de temperamento violento; pero, gracias al ejemplo de Mónica, su esposa, se bautizó poco antes de morir.

Aunque Agustín ingresó en el catecumenado desde la infancia, no recibió el bautismo, de acuerdo con las costumbres de la época. En su juventud se dejó arrastrar por los malos ejemplos y, hasta los 32 años, llevó una vida licenciosa, aferrado a la herejía maniquea. de ello habla en sus "Confesiones", que comprenden la descripción de su conversión y la muerte de Mónica, su madre. Dicha obra fue escrita para mostrar la misericordia de Dios hacia un gran pecador, que por esta gracia, llegó a ser también, y en mayor medida, un gran santo. Mónica había enseñado a orar a su hijo desde niño, y le había instruido en la fe, de modo que el mismo Agustín que cayó gravemente enfermo, pidió que le fuese conferido el bautismo y Mónica hizo todos los preparativos para que los recibiera; pero la salud del joven mejoró y el bautismo fue diferido. El santo condenó más tarde, con mucha razón, la costumbre de diferir el bautismo por miedo de pecar después de haberlo recibido.

A raíz del saqueo de Roma por Alarico, el año 410, los paganos renovaron sus ataques contra el cristianismo, atribuyéndole todas las calamidades del Imperio. Para responder a esos ataques, San Agustín escribió su gran obra "La Ciudad de Dios". Esta obra, es después de "Las Confesiones", la obra más conocida del santo. Ella es no sólo una respuesta a los paganos, sino trata toda una filosofía de la historia providencial del mundo. Luego de "Las Confesiones" escribió también "Las Retractaciones", donde expuso con la misma sinceridad los errores que había cometido en sus juicios.

Murió el 28 de agosto de 430, a los 72 años de edad, de los cuales había pasado casi 40 consagrado al servicio de Dios.

martes, 24 de agosto de 2010

María, reina

"...Haz saber a aquellos que la ofenden, que Ella es la Reina del Cielo y que sobre Su Cabeza, Yo, el Señor, he colocado una corona, una corona de doce estrellas..."
El pasado Domingo 22 de Agosto se celebró la festividad de María Reina, exactamente 8 días después de la Asunción.

Estas son las palabras que dirigió el Santo Padre Benedicto XVI, en el rezo del Angelus.

"Queridos hermanos y hermanas:

Ocho días después de la solemnidad de la Asunción al Cielo, la liturgia nos invita a venerar a la bienaventurada Virgen María con el título de "Reina". Contemplamos a la Madre de Cristo coronada por su Hijo, es decir, asociada a su realeza universal, tal y como la representan muchos mosaicos y pinturas. Esta memoria también cae este año en domingo, alcanzando una luz mayor gracias a la Palabra de Dios y la celebración de la Pascua semanal. En particular, el icono de la Virgen María Reina encuentra una confirmación significativa en el Evangelio del día, donde Jesús afirma: "Hay algunos que son los últimos y serán los primeros, y hay otros que son los primeros y serán los últimos" (Lucas 13, 30). Se trata de una típica expresión de Cristo, referida varias veces por los Evangelios, con fórmulas parecidas, pues evidentemente refleja un tema muy sentido por su predicación profética. La Virgen es el ejemplo perfecto de esta verdad evangélica, es decir, que Dios humilla a los soberbios y poderosos de este mundo y eleva a los humildes (Cf. Lucas 1, 52).

¡La pequeña y sencilla muchacha de Nazaret se ha convertido en la Reina del mundo! Esta es una de las maravillas reveladas por el corazón de Dios. Naturalmente la realeza de María depende totalmente de la de Cristo: Él es el Señor, a quien, después de la humillación de la muerte en la cruz, el Padre ha exaltado por encima de toda criatura en los cielos, en la tierra y bajo la tierra (Cf. Filipenses 2, 9-11). Por un designio de la gracia, la Madre Inmaculada ha quedado plenamente asociada al misterio del Hijo: a su Encarnación; a su vida terrena, primero escondida en Nazaret y después manifestada en el ministerio mesiánico; a su Pasión y Muerte; y por último a la gloria de la Resurrección y Ascensión al Cielo. La Madre compartió con el Hijo no sólo los aspectos humanos de este ministerio, sino también, por obra del Espíritu Santo en ella, su intención profunda, su voluntad divina, de manera que toda su existencia, pobre y humilde, fue elevada, transformada, glorificada, pasando a través de la "puerta estrecha" que es el mismo Jesús (Cf. Lucas 13, 24). Sí, María es la primera que atravesó el "camino" abierto por Cristo para entrar en el Reino de Dios, un camino accesible para los humildes, para quienes confían en la Palabra de Dios y se comprometen para llevarla a la práctica.

En la historia de las ciudades y de los pueblos evangelizados por el mensaje cristiano, se dan innumerables testimonios de veneración pública, en algunos casos incluso institucional de la realeza de la Virgen María. Pero hoy queremos sobre todo renovar, como hijos de la Iglesia, nuestra devoción a quien Jesús nos dejó como Madre y Reina. Encomendamos a su intercesión la oración diaria por la paz, especialmente allí donde más golpea la absurda lógica de la violencia para que todos los hombres se persuadan de que en este mundo debemos ayudarnos los unos a los otros como hermanos para construir la civilización del amor Maria, Regina pacis, ora pro nobis!"

Benedicto XVI.
22 de Agosto del 2010.
Angelus.
Ciudad del Vaticano.

viernes, 6 de agosto de 2010

La Transfiguración


El 06 de Agosto se celebra La Transfiguración del Señor, esta hermosa escena nos viene a presentar un adelanto de la Gloria del cielo y manifestándonos en la voz del mismo Padre la potestad de su Hijo diciendo:"Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle".

Cristo eligiendo a tres de sus discipulos y sabiendo que aún no entendían los misterios que irían a ocurrir, los lleva a lo alto del monte presentandose Dios tal cual es, o sea, la Santisima Trinidad en persona (1)"el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, el Espiritu Santo en la nube luminosa".

Ante tal maravilla Pedro no puede decir nada más que (2)"Señor, qué bien estaría quedarnos aquí". Y si que sería bueno quedarse allí contemplando a ese Dios que parece ser viejo, pero qué a cada segundo se vuelve más nuevo, presentándonos y demostrándonos como muchas veces lo hemos comprobado nosotros mismos, que toda vanidad es pasajera y no tiene método de comparación con él.

En este mundo que cada vez se aparta más y más del camino, la verdad y la vida, sería bueno poder hacer un alto y contemplar esta escena en nuestro interior, donde puede, debe y tiene que habitar el Señor.
(1) Santo Tomás de Aquino.
(2)San Lucas 9, 28-36.

jueves, 22 de julio de 2010

Paseo grupo de jovenes


Con el objetivo de tener un día de recreación para compartir y descansar, el grupo San Gabriel de la Dolorosa se dirigió a Valparaiso y Viña del Mar este Miércoles 21 de Julio.

Partiendo muy temprano en la mañana, la primera parada que hacemos es en el Santuario de Lo Vasquéz, en donde saludamos a nuestra señora con el rezo del "Angelus", luego nos dirigimos al Monasterio de Lourdes en Viña del Mar donde celebramos la Santa Misa.


Después de haber participado en la Eucaristía, hicimos una visita a la Quinta Vergara, y finalmente nos dirigimos a almorzar a la orilla del mar. Una vez terminado el almuerzo nos dirigimos al Puerto de Valparaiso aprendiendo un poco más de él con un tour por lancha.

Finalmente nos despidimos de este gran día emprendiendo el retorno hacia San Bernardo.




"Venid a mí, los cansados y agobiados..."

domingo, 4 de julio de 2010

Consagración al Sagrado Corazón de Jesús.

Dejando sus vidas en buenas manos, el día Sábado 03 de Julio del presente año seis jóvenes y un matrimonio se Consagraron al Sagrado Corazón de Jesús entregandosé plenamente a él.


La ceremonia inició con la Santa Misa en donde se bendijeron las medallas representativas de la consagración, luego del termino de la Liturgía Eucarística, se expuso el Santísimo Sacramento, en este momento se meditó en la consagración y finalmente en presencia del Cuerpo de Cristo se realizó la oración consagrativa, en la cual se aceptó la promesa de Jesús, que se ocuparía de los asuntos de cada consagrado, y a su vez estos prometieron preocuparse de las cosas de su Corazón.


Finalmente se entregaron las medallas a los ya consagrados y se guardó el Santísimo.


"he aquí este corazón que tanto ha amado a los hombres..."


Más fotos en http://www.facebook.com/?sk=2361831622#!/group.php?gid=127930643885442&v=wall

lunes, 28 de junio de 2010

Procesión del Sagrado Corazón de Jesús.


El mes de Junio alrededor de todo el mundo esta dedicado a la conmemoración del Sagrado Corazón de Jesús. La diocesis de San Bernardo no quizo estar ausente en esta celebración, y es por esto que en la tarde del día de ayer -Domingo 27 de Junio- se realizó una solemne procesión por la Clausura de esta celebración.

La procesión estuvo presedida por el obispo de San Bernardo, Mons. Juan Ignacio González, en donde la imagen del Sagrado Corazón recorrió las principales calles de la comuna. También se contó con la presencia de bailes religiosos, Monaguillos, Ministros, Semiaristas y Presbiteros de toda la Diócesis.

Dicha procesión comenzó en la Parroquia San Ignacio de Loyola y terminó con la exposición del Santisimo en la Catedral, en donde el señor Obispo (1) pidió por la Santa iglesia, por los sacerdotes, por las vocaciones, por los enfermos y más necesitados.

viernes, 18 de junio de 2010

San José un padre ejemplar.

Este fin de semana en gran parte del mundo se celebrará el día del padre.

Y en el mundo cristiano también se habla de padres. Ya sea de nuestros primeros padres (Adán y Eva), de nuestros padres en la fe, del padre de Jesús en la Tierra o simplemente de nuestro Padre celestial.

Por eso, en este artículo hemos querido resaltar la ejemplar vida del justo José (Mt 1, 19) padre adoptivo de Cristo en este mundo.

Pero, ¿cómo podemos hablar de este Santo?, si se tienen tan pocos antecedentes de él. Bueno existen dos fuentes seguras que hablan sobre José, el Evangelio de San Mateo y San Lucas. Aunque no tratan este tema tan ampliamente, existe una antigua tradición -como se narra en el texto San José Guardián del Redentor- que cuenta el episodio de su desposorio con la Santísima Virgen, y cargando sobre sí una gran misión: (1) ser guardían de la Sagrada Familia.

Dentro de toda la historia de la humanidad han existido (2)"hombres que Dios adorna con el brillo de singularísimos dones y virtudes"(...)"El antiguo testamento es un tapiz tejido con relatos acerca de hombres de esta talla"(...)"A todos ellos, la Providencia Divina les otorgó el dominio sobre la naturaleza y esa fé que mueve montañas".


San José fue siempre un hombre que vivió en la contemplación absoluta y como dijo (3)Santo Tomás: "la contemplación es superior a la acción, pero más perfecta es la unión de una y otra en una misma persona", pero podriamos decir que esta realidad no a cambiado mucho en la actualidad, aún seguimos viendo a un José contemplativo día a día y muy poco reconocido en la vida espiritual de los cristianos.




Por esto debemos tener siempre en cuenta a este gran Santo, que el mismo Cristo eligió como su padre, acudamos a él con confianza y completa entrega, que al igual que su alma gemela; La Santísima Virgen María podrán acudir con mayor eficacia a este Dios, Padre Todopoderoso y Eterno.

Junto con esto les deseamos un cordial saludo a todos los padres del mundo y que tengan un muy buen día.

Fuente: (1) San José Guardián del Redentor, pág. 5, extracto.
(2) San José Guardián del Redentor, pág. 10, extracto.
(3) San José Guardián del Redentor, pág. 14, extracto.

martes, 15 de junio de 2010

Fin del Año Sacerdotal

El día Domingo 13 de Junio del 2010, se celebró en la iglesia catedral de San Bernardo la Santa Misa que culminaba con el año sacerdotal, que había sido convocado por el Papa Benedicto XVI, en memoria del 150º aniversario de la muerte del Santo Cura de Ars (San Juan María Vianney).

La Misa contó con la presencia de Monseñor Juan Ignacio González, obispo de la diócesis. La peculariedad de esta celebración fue la participación de un coro compuesto por sacerdotes diocesanos.

(1)"En este tiempo de gracia hemos vuelto a meditar en aquellos aspectos esenciales de nuestro ministerio al servicio de Dios, de la Iglesia, y de nuestros hermanos. Muchas cosas nos ha ido sugiriendo el Espíritu Santo en este tiempo", señaló el señor Obispo en su Homilía. También se rerfirió a las lamentables caídas de Sacerdotes que han salido a la luz durante este año, recalcando la importancia de la oración de todo el pueblo fiel hacia este sacramento.

A la celebración asistieron cetenares de fieles, que representaron a cada una de las comunidades de esta diócesis.


Por eso no nos olvidemos de estos obreros de la mies y pidamosle al Padre que cada vez lleguen más.

domingo, 13 de junio de 2010

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.


El pasado Viernes 11 de Junio del presente año, se celebró en Roma la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, en donde también con la presencia del Papa Benedicto XVI se le puso fin al año sacerdotal.

En nuestra Diócesis de San Bernardo el Obispo a pedido que se prolongue la celebración por todo este fin de semana. Siendo el día Domingo el fin del Año Sacerdotal. Ese día se celebrará una Solemne Misa en la Catedral de la ciudad, presidida por Monseñor Juan Ignacio González.

Acontinuación le dejamos una pequeña reseña sobre esta celebración al Corazón Sacratísimo de Jesús:

"¡El corazón de Dios se estremece de compasión! En esta solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús la Iglesia presenta a nuestra contemplación este misterio, el misterio del corazón de un Dios que se conmueve y derrama todo su amor sobre la humanidad. Un amor misterioso, que en los textos del Nuevo Testamento se nos revela como inconmensurable pasión de Dios por el hombre. No se rinde ante la ingratitud, ni siquiera ante el rechazo del pueblo que se ha escogido; más aún, con infinita misericordia envía al mundo a su Hijo unigénito para que cargue sobre sí el destino del amor destruido; para que, derrotando el poder del mal y de la muerte, restituya la dignidad de hijos a los seres humanos esclavizados por el pecado. Todo esto a caro precio: el Hijo unigénito del Padre se inmola en la cruz: "Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo" (Jn 13, 1). Símbolo de este amor que va más allá de la muerte es su costado atravesado por una lanza. A este respecto, un testigo ocular, el apóstol san Juan, afirma: "Uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua" (Jn 19, 34).

Aunque es verdad que la invitación de Jesús a "permanecer en su amor" (cf. Jn 15, 9) se dirige a todo bautizado, en la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, Jornada de santificación sacerdotal, esa invitación resuena con mayor fuerza para nosotros, los sacerdotes, de modo particular esta tarde, solemne inicio del Año sacerdotal, que he convocado con ocasión del 150° aniversario de la muerte del santo cura de Ars. Me viene inmediatamente a la mente una hermosa y conmovedora afirmación suya, recogida en el Catecismo de la Iglesia católica: "El sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús" (n.1589)."

Extracto de la Homilía de su santidad Benedicto XVI
Inauguración del año sacerdotal
Basílica de San Pedro
Viernes 19 de Junio del 2009.

Asi pues, este año termina el periodo dedicado a los sacerdotes, debemos seguir orando insesantemente por todos estos obreros, para que sus corazones se asemejen al corazon traspasado de Cristo, encomendemos nuestras oraciones a nuestra Madre, la Santísima Virgen María y al santo patrono de los sacerdotes, Santo Cura de Ars.

martes, 8 de junio de 2010

CORPUS CHRISTI

El pasado Domingo 06 de Junio del presente año se celebró con gran devoción la Solemnidad de Corpus Christi (Cuerpo de Cristo).

En la Diócesis de San Bernardo, no estuvo ausente este año la solemne procesión con el santisimo por las calles, decenas de personas acudieron fervorosamente a esta celebración, entre ellos habían niños, jóvenes, adultos y personas mayores.

Pero ¿qué celebramos esta fecha?, ¿dónde nació esta celebración?, estas intorrogantes las responderemos a continuación.

En esta celebración se conmemora el milagro por el cual en 1263, mientras un sacerdote celebraba la misa en una iglesia de Italia, al partir la hostia, de esta brotó sangre.

La fiesta fue instituida por el Papa Urbano IV, el 8 de septiembrre de 1264, mediante la Bula Transiturus hoc mundo.

SOBRE LA SOLEMNIDAD:
"Cada vez que coméis de este pan y bebéis de este cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que vuelva" (1 Co 11, 26).
Con estas palabras, san Pablo recuerda a los cristianos de Corinto que la "cena del Señor" no es sólo un encuentro convival, sino también, y sobre todo, el memorial del sacrificio redentor de Cristo. Quien participa en él -explica el Apóstol- se une al misterio de la muerte del Señor; más aún, lo "anuncia".
Por tanto, existe una relación muy estrecha entre "hacer la Eucaristía" y "anunciar a Cristo". Entrar en comunión con él en el memorial de la Pascua significa, al mismo tiempo, convertirse en misioneros del acontecimiento que ese rito actualiza; en cierto sentido, significa hacerlo contemporáneo de toda época, hasta que el Señor vuelva.
Amadísimos hermanos y hermanas, revivimos esta estupenda realidad en la actual solemnidad del Corpus Christi, en la que la Iglesia no sólo celebra la Eucaristía, sino que también la lleva solemnemente en procesión, anunciando públicamente que el Sacrificio de Cristo es para la salvación del mundo entero.
La Iglesia, agradecida por este inmenso don, se reúne en torno al santísimo Sacramento, porque en él se encuentra la fuente y la cumbre de su ser y su actuar. Ecclesia de Eucharistia vivit! La Iglesia vive de la Eucaristía y sabe que esta verdad no sólo expresa una experiencia diaria de fe, sino que también encierra de manera sintética el núcleo del misterio que es ella misma.

Por eso con íntima emoción sentimos resonar en nuestro corazón esta invitación a la alabanza y a la alegría.Al final de la santa misa llevaremos en procesión el santísimo Sacramento hasta la basílica de Santa María la Mayor. Contemplando a María, comprenderemos mejor la fuerza transformadora que posee la Eucaristía. Al escucharla a ella, encontraremos en el misterio eucarístico la valentía y el vigor para seguir a Cristo, buen Pastor, y para servirle en los hermanos.
Solemnidad del "Copus Christi"
Homilía de su santidad Juan Pablo II
Basílica de San Juan de Letrán
Jueves 10 de Junio del 2004